Historia, arte y medicina

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La luna de miel de los Fleming en Cuba

por Nesy Núñez

El científico inglés viajó a La Habana el 17 de abril de 1953, cuando su tesón como investigador y el éxito de la penicilina ya le habían valido el Premio Nobel de Medicina, compartido con los químicos Florey y Chain. Vino invitado como Huésped Ilustre de la Universidad de La Habana, acompañado de la bella y elegante Amalia Koutsouri, doctora en medicina y bacterióloga griega que trabajaba con él en su laboratorio en Londres, y con quien se había casado pocas semanas antes, tras varios años de viudez.
Durante su estancia en Cuba, Fleming impartió dos conferencias en la Escuela de Medicina: la primera, sobre “El uso de los antibióticos”, y la segunda sobre “La herida séptica”. Allí se le confirió el título de Profesor Honoris Causa de la Universidad y compartió informalmente con un grupo de alumnos que le hicieron una entrevista para la revista estudiantil Reflejos.

Los Fleming se alojaron primero en el Hotel Nacional y después se mudaron al Comodoro, donde recibieron varias comitivas pertenecientes a las sociedades de farmacéuticos, de botánicos y de otras ramas de las ciencias que acudieron a agasajarlo y a compartir unos minutos con el célebre colega. A pesar de su bien merecida fama, Fleming todo el tiempo hizo gala de sencillez, amabilidad y buen humor ante las muestras de gratitud de espontáneos que lo abordaban para comentarle sobre algún miembro de su familia salvado por la penicilina.
Su programa en Cuba también estuvo concebido para que la pareja pudiera disfrutar de esparcimiento. Pasaron un par de días en Varadero, balneario situado a unos 150 kilómetros de La Habana, donde él y Amalia pescaron y quedaron maravillados con la belleza de la playa.
Animado por su esposa, vistió de guayabera en varios encuentros en los que resultaba simpático ver a los anfitriones cubanos muy formalmente enfundados en traje y corbata mientras el inglés lucía, muy cómodo, nuestra prenda tradicional. Fumador empedernido, se le vio deleitarse con los habanos que le obsequiaron. Los Fleming disfrutaron por igual el show del cabaret Tropicana o un helado de tamarindo; y compartieron almuerzos y veladas en las casas de distinguidas familias habaneras.
A sus 71 años, tras una vida de entrega total a las ciencias y un legado que ya entonces había salvado miles y miles de vidas, cualquiera le habría concedido licencia para pasar sus últimos años a cuenta de lo aportado, pero Fleming salió de La Habana rumbo a Nueva York, y de allí volvió a su trabajo en Inglaterra, donde murió sólo dos años después.

Colaboración Dr. Moisés Morejón García

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